Hágase la luz
Ilustración de Henning Studte
Cuenta una original leyenda de Babel que la luz del mundo nace en un rincón muy pequeñito y sureño de Europa.
Cádiz –una de las ciudades más pobres y felices de España-, junto a su bahía, esconde un importante secreto. Dicho rincón del mundo bendecido por los planetas es conocido cartográficamente como “Costa de la Luz”. No en vano, cuando uno desembarca en su puerto, lo primero que hace es cerrar los ojos de tan blanca y nueva como es la luz que sale de sus paredes. Y es que sus habitantes se dedican alegremente a fabricar la luz del mundo y a envasarla en botes de cristal usados. Así, como lo oyen.
Luego, esta luz se exporta en avión desde el aeropuerto italiano de Santa Luce (Santa Luz), en la Toscana, y se lleva a París, la famosa Ville Lumière (Ciudad luz). En la capital francesa se encuentra la Torre Eiffel, desde cuyo faro, que da vueltas y vueltas durante todas las noches del año, la luz se distribuye al resto del planeta. Eso sí, hay subestaciones lumínicas para la mejor redistribución europea del material. Por ejemplo, la ciudad alemana de Lichtenberg (Monte de las luces), en San Jean de Luz al sur de Francia (San Juan de Luz), en el pequeño país de Liechtenstein -”Piedra brillante”-, o Praia da Luz, en el Algarve portugués, localidad en la que -paradoja del destino-, aún no se ha hecho la luz alrededor de la misteriosa y ultramediatizada desaparición de la niña británica Madeleine McCann.
Así que ya saben: cuando vayan a Broadway y queden cegados por un millón de bombillas, saquen pecho y díganse que tanto brillo sólo puede venir de Europa.
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